Hay días en los que siento que debo encarar algo enorme y no sé bien qué es. Hoy por ejemplo pasé por el parque en donde hay un montón de puestos de libros usados y revisé sin apuro los estantes en busca de algún volumen que llamara mi atención. Tomé uno en mis manos y lo hojeé buscando el índice, y como el tema me resultaba interesante y el precio era sorprendentemente económico lo compré. Libro en mano, me interné en el parque y me senté en un banco bastante alejado debajo de un árbol y próximo a la estatua de un hombre mirando hacia el cielo. El tema era: "la era de la información", su relación con la física, la filosofía, la psicología, y la mitología de algunos pueblos antiguos entre los que destacaba Egipto. El texto comenzaba dando una definición matemática del concepto de información para luego explicar su relevancia dentro de las teorías de la física del siglo XX, en especial la física cuántica. Concluía esta parte señalando que, siendo la materia y la energía a nivel cuántico no otra cosa que trozos de información, todo nuestro mundo está hecho de información. Aquí iniciaba un repaso de diferentes propuestas filosóficas desde los griegos antiguos hasta los filósofos de la matemática, lógicos y lingüistas del siglo XX, e introducía la idea de una ontología de la información. Las implicancias en el concepto de realidad derivadas de comprender al cerebro como un terriblemente complejo procesador de información eran presentadas a partir de este punto con algunos sorprendentes descubrimientos de las neurociencias. Y finalmente, zambulléndose de lleno en terreno misterioso, el texto abordaba las extrañas analogías entre el conocimiento científico del siglo XX y el conocimiento mitológico y religioso del antiguo Egipto, sugiriendo que este pueblo había logrado producir una cosmovisión espectacularmente compleja y adelantada que esconde, expresadas a través de una lógica no convencional, muchas de las respuestas a los interrogantes actuales de la ciencia.
Concluí la última página luego de dos horas de intensa lectura y, apoyando el libro cerrado sobre mis piernas, alcé la vista. Siempre me pasa que cuando me siento tras la pista de algo verdaderamente enorme las palabras me rehuyen por completo, de manera que quisiera decir algo crucial pero soy puro ojos humedecidos que miran. Paseé como huérfano la mirada por el paisaje solitario hasta caer súbitamente en la cuenta de que mis labios estaban intentando articular una palabra, y comprendí de inmediato que me encontraba en la actitud suplicante de emitir una llamada. No debí esperar mucho para entender que la invocación era hacia la palabra en su totalidad: el lenguaje que en ese momento se había retirado.
viernes, 16 de febrero de 2007
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jueves, 15 de febrero de 2007
Camino por la calle y me pasa algo extraño, porque veo de pronto la ventana de un bar por donde asoma una mesa y una silla, y me sorprende la certeza de que tengo que entrar al bar y tomar un café acá sentado. Mientras espero que me traigan el café saco mi libreta y comienzo a escribir: "Esperando en la cola del supermercado Gonzalo observó que la señora que estaba detrás de él abandonaba su lugar para mudarse a otra cola cercana, evidentemente con la esperanza de llegar antes a la línea de cajas. ¡Qué irritante le resultó aquello! Pensaba: 'Esa vieja nos ha insultado a todos'. Esperó terriblemente ofuscado a que llegara su turno y, antes de marcharse luego de haber pagado, alzó la vista y vio que aquella señora todavía tenía dos personas delante. Entonces le dijo a los gritos y en un tono asquerosamente maleducado: '¿Vio señora? De nada le sirvió creerse más lista que todos nosotros'. Y la habría insultado francamente si una voz interior no hubiese aparecido a último momento para sofrenarlo".
Le pongo azúzar al café y mientras le doy un sorbo releo lo escrito y casi suelto una carcajada. Me gusta lo que escribí y por un segundo me siento poderoso. ¡El personaje me pertenece! ¡Hago lo que quiero con él!
Todavía no se me fue la sonrisa, miro por la ventana, y mientras doy otro sorbo al café el sentimiento de siempre regresa: no sé quién es este personaje, no lo controlo, hay algo de él que no llego a entender. A veces tengo la horrenda sensación de que sabe de mí cosas que yo no sé, y entonces siento que debo prepararme para el momento en el que nos enfrentemos en una lucha a muerte.
Luego de pagar me levanto y mientras salgo del bar me dan unas ganas enormes de asegurar que no estoy loco.
Publicadas por Anónimo a la hora 11:46 a. m. 0 comentarios
domingo, 11 de febrero de 2007
Hoy fui a pasear con Emilia y finalmente nos sentamos en el banco de un parque en el que el gobierno de la ciudad estaba organizando encuentros musicales, de manera que a unos pocos metros había un escenario no muy grande y la gente se había amontonado esperando que comenzara el show. El parque rebosaba también de padres jugando con sus niños pequeños, familias haciendo picnic y adolescentes pateando una pelota o andando en bicicleta. La temperatura era ideal y mientras me sentaba en el banco observando todo esto pensé: "la tarde no puede ser más perfecta". Entonces sentí las manos de Emilia aferrando mi brazo con fuerza y cuando volteé la vi llorando con los ojos cerrados y su figura inclinada hacia mí como abriéndose paso entre la angustia para intentar decirme algo. La miré confundido y tartamudeando pero ella habló primero; hizo una pausa en su llanto y dijo con palabras que salieron resquebrajadas: "No sé qué me pasa". Y a pesar de que intenté exprimir intensamente mi cerebro para encontrar la frase justa que devolviera todo a la normalidad, con lucidez casi nula sólo atiné a acariciar su hombro y a tomar su mentón con la mano para alzar su rostro mojado de lágrimas y devolví: "¿Qué es lo que te pasa?". "No sé", dijo deshecha en llanto, "Estoy mal con vos, estoy mal con el mundo".
Me detengo un segundo y pienso: ¿Cómo es que tiene Emilia esta capacidad para estallar en momentos totalmente inesperados? Hasta hace poco solía sentirme hundido por la montaña de sus angustias que de un momento a otro me parecía ver caer sobre mi cabeza. Sentía como si me tiraran una bolsa de basura explosiva con la que debía hacer algo a toda velocidad. Me preguntaba: ¿¡pero qué puedo hacer yo!? Hasta que comencé a pensar que quizá no se trata de que haga nada.
Tomé coraje y, sintiendo que era un momento decisivo, le dije: "Emilia por favor no me pidas que te dé lo que no tengo. Lo único que puedo darte es la certeza de que ninguna respuesta te va a devolver tanta calma como la que puedas inventar vos misma". En este punto me di cuenta de que algo se había desatado y ya no podría parar hasta no haberlo volcado todo. La miré completamente jadeante y las palabras parecían esconderse a propósito: "Entendeme, yo sé que no tengo nada que para vos sea de vida o muerte", aquí comencé a derramar gruesas lágrimas, "Yo creía que el amor era entregarse mutuamente todo lo más preciado, la vida..., pero ahora entiendo que lo que las personas quieren es ser ellas mismas y yo no te puedo dar eso... Yo sólo puedo caminar al lado tuyo, pero lo que vos más quisieras en el mundo no lo tengo...". Me detuve porque la presión en el pecho era casi insoportable. Ella se sorprendió de verme súbitamente arruinado y me abrazó mientras yo seguía llorando.
Cuando me calmé nos levantamos y la acompañé hasta su casa. Nos despedimos con palabras que no pudieron ser profundas porque lo cierto es que nada había quedado claro. ¿Qué fue lo que ocurrió? Realmente me desbordé allí en ese parque. ¿Por qué me angustié tanto, si mis ideas eran claras? Es más, nunca sentí tan claramente todo lo que dije como en ese momento. Luego de pensar un rato creo que lo que realmente me angustia es sentir que no sé hacer otra cosa más que esperar..., esperar a que Emilia decida qué va a pasar con nosotros. Pero... ¿qué es lo que Yo decido? Esta pregunta me resulta tremendamente difícil.
Publicadas por Anónimo a la hora 8:35 p. m. 0 comentarios
sábado, 10 de febrero de 2007
Ayer un paciente me cuenta lo que le pasó en el baño de un Mc Donald's. Dice: "Luego de defecar, y todavía sentado en el inodoro, miro el papel higiénico y me doy cuenta de que es nuevo, todavía nadie lo usó. Entonces inmediatamente me viene a la cabeza una idea y se la digo al papel higiénico con el pensamiento: 'Muchos se limpiarán el culo contigo, pero yo siempre habré sido el primero'". Y se ríe a carcajadas mientras mira la repisa llena de libros. Permanezco en silencio tratando de pensar cómo intervenir y al cabo de unos segundos le pregunto: "R. ¿sabe cuánto cuesta un rollo de papel higiénico?". Me miró seriamente. Respondió: "La verdad es que no tengo ni idea". Esta vez permanecemos los dos en silencio. En su cara puede notarse que la angustia se incrementa. Mirá hacia la ventana y con gesto casi de llanto dice, como si estuviese descubriendo algo: "Me limpié el culo con todas mis mujeres". Y es como si hubiera caído una bomba: su llanto se hace franco y puedo ver su cara arrugada y sus lágrimas. Llora casi un minuto seguido y ya no es prudente mantener el silencio. Le hago una pregunta: "¿Qué quiere decir con eso R.?". R. se enjuaga las lágrimas y un poco más calmo responde: "Me limpié el culo con todas ellas, y luego las tiré por el inodoro... ¡Pero es que hasta un mugroso y cagado papel higiénico tiene un valor!".
Cuando R. se hubo calmado bastante lo despedí hasta la semana siguiente y permanecí sentado con los brazos sobre el escritorio. Al cabo de un rato anoté en mi libreta: "Nunca dejarás de pagar por el papel higiénico con el que limpias tu culo" y me sonreí, pero enseguida cayó sobre mi cabeza un oscuro interrogante: ¿cómo es que 'nunca dejarás de pagar'? ¿qué es lo que quise decir? Quise decir: 'De alguna forma u otra siempre terminarás pagando por el papel que has usado'. ¿O acaso quise decir: 'Nunca terminarás de pagar por él'? El problema es crucial.
Publicadas por Anónimo a la hora 10:42 a. m. 1 comentarios
viernes, 9 de febrero de 2007
Suelo pensar que ciertos lugares de la ciudad tienen un ambiente algo místico que me puede ayudar a escribir, por eso tomé el subte y bajé en la estación del jardín botánico. Me detengo en la entrada y levanto la vista, miro la reja enorme y extrañamente trabajada que recibe a los visitantes. Con pasos largos, los ojos entreabiertos y respirando hondo cruzo el umbral y me adentro en un oasis. La ansiedad me apura hasta un banco no muy lejano pero rodeado de una arboleda importante y flanqueado por una fuente de incesante fluir, y una vez acomodado saco mi libreta y me dispongo a soltar las palabras. ¡Qué genuino y hermoso es mi entusiasmo! Pero nada sale y cuando me canso de mirar los renglones levanto la cabeza y miro un árbol. Intento penetrarlo con mirada de rayo láser y por suerte no lo logro.
¡¿Qué cuernos hago acá?! Me irrito y comienzo a dibujar garabatos en la libreta. Dibujo formas irregulares y también escribo 'Shit Shit!'. ¿Por qué es tan exagerado mi enojo? Extiendo los brazos sobre el respaldo del banco intentando contener la cara de irritación-llanto-desconcierto. Realmente estoy por estallar y no sé por qué...
Pero todo cambia cuando miro hacia el costado y veo una mujer hermosa desplegando una manta sobre el césped preparándose para recostarse bajo el sol. Es joven y cuando se saca la remera sus formas me atraen vivamente. Reposa en su traje de baño boca arriba y mi concentración se ha estrechado tanto que ni una gota rebasa fuera del contorno de ese cuerpo. Estoy en un estado de fascinación del que sólo se puede despertar con un sobresalto. Miro hacia todos lados. Pestañeo. Algo de cuya causa mi conciencia no participa esta por ocurrir: ¡me largo a llorar! Lloro con gotas gruesas y los ojos cerrados, con la espalda encorvada y la cabeza gacha. ¿¡Qué me pasa!? En medio de la agonía me sorprende un recuerdo que me provoca a la vez alivio y tristeza. Me acuerdo de algo que pasó aquí en el Jardín Botánico cuando era adolescente y que involucra a una muchacha y a un fracaso amoroso espectacular. ¡Grande Freud! ¡Tenías razón! En algún lugar todo queda.
¿Pero por qué estoy tan sensible? Estoy llorando como un adolescente abandonado en el Jardín Botánico. Me siento demasiado idiota. Enjuago mis lágrimas, me levanto y camino hacia la salida con la sensación de estar atrapado en la punta de un iceberg.
Publicadas por Anónimo a la hora 5:43 p. m. 0 comentarios
Hace un rato me levanté, me preparé un café, y mientras leía el diario intentaba acordarme de un sueño que tuve anoche. Al principio sólo tenía la certeza de que Emilia aparecía allí de alguna manera. Luego recordé una calle cerca de las vías del tren por la que solíamos andar con Emilia cuando recién nos conocíamos, y nos gustaba ir caminando hasta una plaza en la que nos quedábamos charlando largo rato sentados en el mismo banco siempre, ella mirando hacia los árboles y yo mirando cómo se perdían las vías a lo lejos. En el sueño aparecía la misma calle pero de noche, y yo caminaba despacio queriendo alcanzar un galpón viejo que se veía en una esquina. Cuando por fin estoy adentro siento la presencia de Emilia y subo unas escaleras. Ahí está ella, derramada sobre una cama, mirándome terriblemente sensual. Me tiro sobre su cuerpo de mujer y en el sueño aparece la palabra "carne" junto con una intensa sensación de carne y piel perfumadas.
Dejo la taza sobre la mesa, levanto la vista del diario y recuerdo que hoy voy a ir a cenar con Emilia y luego quizá vayamos al cine. Mientras me levanto y me preparo para salir pienso que a veces los sueños dejan un sabor impreciso que no termina de enjuagarse y temo que dure todo el día.
Publicadas por Anónimo a la hora 7:36 a. m. 0 comentarios
jueves, 8 de febrero de 2007
El último paciente me dejó pensando con algo que me dijo: "Me angustio preguntándome el sentido de la vida... Luego digo '¿qué sentido tiene angustiarme?' Y me doy cuenta de que no puedo escapar a la pregunta por el sentido". Me quedé mirándolo sin saber qué decir. Después de un minuto de silencio remató con lo siguiente: "No puedo evitar querer comprender". Hice fuerza para no estallar. Le propuse que siguiera pensando en el asunto y lo despedí hasta la semana siguiente.
El paciente que sigue está retrasado y probablemente no venga. Saco mi libreta para escribir y escribo lo primero que me viene a la cabeza: "Gonzalo tomó la avenida y caminó tratando de no pensar en todo lo que había ocurrido esa tarde. Las vidrieras de los negocios comenzaban a iluminarse, el aire era frío, la calle estaba atestada de gente". ¿Hacia dónde va este personaje? Me muevo en la silla, levanto los ojos en el consultorio vacío y me angustio. ¿Por qué sólo puedo hacerlo deambular por calles, avenidas, plazas? ¿Hacia dónde va?
Cierro la libreta y me quedo estático con los ojos muy abiertos. En el fondo del cuarto está mi título enmarcado detrás de un vidrio. Repaso ensimismado las letras grandes: ERNESTO PATOVINO. Sólo después de unos segundos me doy cuenta de que estoy leyendo mi nombre.
Publicadas por Anónimo a la hora 8:10 p. m. 0 comentarios
Recién salí de casa y pensé: "No sé qué hacer de mi vida"... Pero..., ¿por qué pensé eso? ¿Por qué pensé eso hoy? Hoy era un día normal hasta que pensé: "No sé qué hacer de mi vida". Entré al café, me senté en la mesa de siempre, saqué la libreta y estoy revisando mis notas. "Gonzalo se encontraba recostado a la sombra de un árbol, meditando acerca de sus muchos fracasos amorosos". Pienso unos segundos y me doy cuenta de que la historia no me gusta nada... Está todo mal, creo que lo tiraré y escribiré todo de vuelta. Dejo una página en blanco en la libreta y, sin pensar comienzo a escribir: "Gonzalo no sabe qué hacer con su vida..." Me detengo, levanto la vista..., me irrito profundamente... ¿qué problema tengo hoy con la vida? Suspiro mientras miro por la ventana un pequeño recorte de la ciudad: autos, árboles, peatones, un puesto de diarios...
Publicadas por Anónimo a la hora 3:11 p. m. 0 comentarios