viernes, 9 de febrero de 2007

Suelo pensar que ciertos lugares de la ciudad tienen un ambiente algo místico que me puede ayudar a escribir, por eso tomé el subte y bajé en la estación del jardín botánico. Me detengo en la entrada y levanto la vista, miro la reja enorme y extrañamente trabajada que recibe a los visitantes. Con pasos largos, los ojos entreabiertos y respirando hondo cruzo el umbral y me adentro en un oasis. La ansiedad me apura hasta un banco no muy lejano pero rodeado de una arboleda importante y flanqueado por una fuente de incesante fluir, y una vez acomodado saco mi libreta y me dispongo a soltar las palabras. ¡Qué genuino y hermoso es mi entusiasmo! Pero nada sale y cuando me canso de mirar los renglones levanto la cabeza y miro un árbol. Intento penetrarlo con mirada de rayo láser y por suerte no lo logro.
¡¿Qué cuernos hago acá?! Me irrito y comienzo a dibujar garabatos en la libreta. Dibujo formas irregulares y también escribo 'Shit Shit!'. ¿Por qué es tan exagerado mi enojo? Extiendo los brazos sobre el respaldo del banco intentando contener la cara de irritación-llanto-desconcierto. Realmente estoy por estallar y no sé por qué...
Pero todo cambia cuando miro hacia el costado y veo una mujer hermosa desplegando una manta sobre el césped preparándose para recostarse bajo el sol. Es joven y cuando se saca la remera sus formas me atraen vivamente. Reposa en su traje de baño boca arriba y mi concentración se ha estrechado tanto que ni una gota rebasa fuera del contorno de ese cuerpo. Estoy en un estado de fascinación del que sólo se puede despertar con un sobresalto. Miro hacia todos lados. Pestañeo. Algo de cuya causa mi conciencia no participa esta por ocurrir: ¡me largo a llorar! Lloro con gotas gruesas y los ojos cerrados, con la espalda encorvada y la cabeza gacha. ¿¡Qué me pasa!? En medio de la agonía me sorprende un recuerdo que me provoca a la vez alivio y tristeza. Me acuerdo de algo que pasó aquí en el Jardín Botánico cuando era adolescente y que involucra a una muchacha y a un fracaso amoroso espectacular. ¡Grande Freud! ¡Tenías razón! En algún lugar todo queda.
¿Pero por qué estoy tan sensible? Estoy llorando como un adolescente abandonado en el Jardín Botánico. Me siento demasiado idiota. Enjuago mis lágrimas, me levanto y camino hacia la salida con la sensación de estar atrapado en la punta de un iceberg.

Hace un rato me levanté, me preparé un café, y mientras leía el diario intentaba acordarme de un sueño que tuve anoche. Al principio sólo tenía la certeza de que Emilia aparecía allí de alguna manera. Luego recordé una calle cerca de las vías del tren por la que solíamos andar con Emilia cuando recién nos conocíamos, y nos gustaba ir caminando hasta una plaza en la que nos quedábamos charlando largo rato sentados en el mismo banco siempre, ella mirando hacia los árboles y yo mirando cómo se perdían las vías a lo lejos. En el sueño aparecía la misma calle pero de noche, y yo caminaba despacio queriendo alcanzar un galpón viejo que se veía en una esquina. Cuando por fin estoy adentro siento la presencia de Emilia y subo unas escaleras. Ahí está ella, derramada sobre una cama, mirándome terriblemente sensual. Me tiro sobre su cuerpo de mujer y en el sueño aparece la palabra "carne" junto con una intensa sensación de carne y piel perfumadas.
Dejo la taza sobre la mesa, levanto la vista del diario y recuerdo que hoy voy a ir a cenar con Emilia y luego quizá vayamos al cine. Mientras me levanto y me preparo para salir pienso que a veces los sueños dejan un sabor impreciso que no termina de enjuagarse y temo que dure todo el día.

 
     
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