domingo, 11 de febrero de 2007

Hoy fui a pasear con Emilia y finalmente nos sentamos en el banco de un parque en el que el gobierno de la ciudad estaba organizando encuentros musicales, de manera que a unos pocos metros había un escenario no muy grande y la gente se había amontonado esperando que comenzara el show. El parque rebosaba también de padres jugando con sus niños pequeños, familias haciendo picnic y adolescentes pateando una pelota o andando en bicicleta. La temperatura era ideal y mientras me sentaba en el banco observando todo esto pensé: "la tarde no puede ser más perfecta". Entonces sentí las manos de Emilia aferrando mi brazo con fuerza y cuando volteé la vi llorando con los ojos cerrados y su figura inclinada hacia mí como abriéndose paso entre la angustia para intentar decirme algo. La miré confundido y tartamudeando pero ella habló primero; hizo una pausa en su llanto y dijo con palabras que salieron resquebrajadas: "No sé qué me pasa". Y a pesar de que intenté exprimir intensamente mi cerebro para encontrar la frase justa que devolviera todo a la normalidad, con lucidez casi nula sólo atiné a acariciar su hombro y a tomar su mentón con la mano para alzar su rostro mojado de lágrimas y devolví: "¿Qué es lo que te pasa?". "No sé", dijo deshecha en llanto, "Estoy mal con vos, estoy mal con el mundo".
Me detengo un segundo y pienso: ¿Cómo es que tiene Emilia esta capacidad para estallar en momentos totalmente inesperados? Hasta hace poco solía sentirme hundido por la montaña de sus angustias que de un momento a otro me parecía ver caer sobre mi cabeza. Sentía como si me tiraran una bolsa de basura explosiva con la que debía hacer algo a toda velocidad. Me preguntaba: ¿¡pero qué puedo hacer yo!? Hasta que comencé a pensar que quizá no se trata de que haga nada.
Tomé coraje y, sintiendo que era un momento decisivo, le dije: "Emilia por favor no me pidas que te dé lo que no tengo. Lo único que puedo darte es la certeza de que ninguna respuesta te va a devolver tanta calma como la que puedas inventar vos misma". En este punto me di cuenta de que algo se había desatado y ya no podría parar hasta no haberlo volcado todo. La miré completamente jadeante y las palabras parecían esconderse a propósito: "Entendeme, yo sé que no tengo nada que para vos sea de vida o muerte", aquí comencé a derramar gruesas lágrimas, "Yo creía que el amor era entregarse mutuamente todo lo más preciado, la vida..., pero ahora entiendo que lo que las personas quieren es ser ellas mismas y yo no te puedo dar eso... Yo sólo puedo caminar al lado tuyo, pero lo que vos más quisieras en el mundo no lo tengo...". Me detuve porque la presión en el pecho era casi insoportable. Ella se sorprendió de verme súbitamente arruinado y me abrazó mientras yo seguía llorando.
Cuando me calmé nos levantamos y la acompañé hasta su casa. Nos despedimos con palabras que no pudieron ser profundas porque lo cierto es que nada había quedado claro. ¿Qué fue lo que ocurrió? Realmente me desbordé allí en ese parque. ¿Por qué me angustié tanto, si mis ideas eran claras? Es más, nunca sentí tan claramente todo lo que dije como en ese momento. Luego de pensar un rato creo que lo que realmente me angustia es sentir que no sé hacer otra cosa más que esperar..., esperar a que Emilia decida qué va a pasar con nosotros. Pero... ¿qué es lo que Yo decido? Esta pregunta me resulta tremendamente difícil.

 
     
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